6.10.2013

1.12.2013

AL MASCARÓN ENIGMÁTICO DE LA CASA REAL DE MONEDA (Raúl Jaimes Freyre)







A un ángel burlón remeda
o a un demonio bonachón,
el mascarón
de la Casa de Moneda?
Llegará día en que pueda sondear la oculta intención
de ese engañador semblante,
de ese reir inquietante,
que un mal pensamiento hospeda,
del mascarón
de la Casa de Moneda?.

Aunque en ek reir exceda
a toda humana cordura,
hay en su desenvoltura
no sé qué vislumbre aceda;
el alma en suspenso queda,
llena de extraña pavura
al mirar la dentadura,
tan blanca como un vellón,
tan tersa como la seda,
del mascarón
de la Casa de Moneda...

Mientras que la bola rueda
haz que la locura ceda
al examen un segundo,
mascarón sabio y jocundo
creo encontrar tu misterio,
y es eñ de no tomar en serio
las seriedades del mundo:
sus hilos la vida enreda,
sin obedecer razón;
ríe, ríe mascarón
de la Casa de Moneda.

Tu risa maligna y leda,
oculta amarga ironía
y tras la falsa alegria
el sentimiento veda:
lo mismo es que se suceda
un día tras otro día,
una tras otra aflicción
y se esfume la ilusión
como una leve humareda,
ríe, ríe mascarón
de la Casa de Moneda.

En tanto que nos conceda
la vida un poco de amor,
estrellas, mujer y flor,
montañas, mar y arboleda,
riamos de nuestra suerte,
hasta que venga la muerte
por ignorada vereda
y detenga el corazón.
¡Impasible mascarón
de la Casa de Moneda!.


10.31.2012

CICATRICES DE LA VIDA


Naci viejo.
Mi vida ha sido un tránsito brusco de la niñez a la vejez, sin términos medios.
No tuve tiempo de ser niño. Hay una pelota nuevita, guardada en algún rincón de mis recuerdos. Lo más lógico ha de ser que yo sea una verdadero niño cuando me llegue la vejez. Para ella, es cierto, uno tiene tiempo de sobra. Presumo que ha de ser a los cuarenta y nueve años, pues si llego a los cincuenta me suicido. Nacionalizo una pistola y me pego un tiro.
Hablar de mi niñez, si vamos a llamarla así, es muy fregado. Quisiera olvidar ese periodo, pero es imposible. No tengo nada grato que recordar y los hombres que recuerdan con tristeza su infancia – no porque se les haya ido sino porque han sufrido mucho en ella- nunca más podrán ser felices.
¿Dónde andará, por qué caminos se extravió el niño que fui? Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el que habita en mi debe ser muy triste.
Vivíamos en un departamento de la calle Constitución. Mi madre atendía una pesión, famosa por sus calditos de cabeza de cordero. Como no había empleada que le aguantara, mi hermana y yo la ayudábamos. Dormíamos en una sola cama: las dos mujeres en la cabecera y yo a los pies. Apenas empezaba a clarear y el caserío de Challa-pampa emergía de entre las brumas, mi madre estiraba un pie con violencia y yo abría los ojos en el suelo. Mi hermana era lmás perjudicada por ese sentimiento maternal, pues, como estaba a mano, despertaba con un pellizco.
La pobre también ha de esconder la niña triste que tiene en el fondo. Si, como dice el refrán, “quien bien te quiere te hará llorar”, mi madre exageraba en sus demostraciones de cariño.
Me levantaba frotándome los ojos para quitarme los restos de sueño e iba a la cocina a llenar de kerosén los anafes y encenderlos para que hiervan las ollas del caldo de cabezas. Después de tomar el desayuno, barría la pensión y alistaba las bolsas y los canastos para ir al mercado. A mi madre le hacía algunas matufiaditas  que me servían para comprar cualquier cachivache y distraer mis horas muertas.  Esto lo hacía agregando uno o dos pesos al precio de lo que compraba. Ella se encargaba de las cabezas, papas y condimentos; yo, las tripas, las cebollas y la canalera.
Los caldos que preparaba mi vieja eran muy recomendados. Como si el olor que despedían las ollas se pasearan por la ciudad. Hasta lo viejitos desahuciados venían con la esperanza de prolongar su vida con un buen caldo de cabezas.
Venía buena y mala gente.  Por entonces mi madre ya estaba divorciada;  a mi padrastro lo conquistó por el estómago. Aunque yo nunca disfruté con la comida, comprendo que para un hombre es importante que sepan acariciarle el estómago.
No me hago cortar el cabello al ras, muruk’ullu como se dice, porque tengo la cabeza llena de recuerdos de mi madre. Guardo varias cicatrices gracias a sus palizas. Ella era muy nerviosa, padecía una especie de mal de rabia. Cualquier cosa la ponía furiosa, la sangre se le subía a la cabeza y ya no veía nada. Todo se le nublaba y empezaba el huracán.
Acostumbraba a pegarnos con palo de escoba. Rompió varias escobas en mis espaldas y en las de mi hermana;  si no quedamos inválidos, fue porque, dicen, los niños son muy resistentes a los golpes.
Al mismo tiempo era muy católica; asistía cumplidamente a misas, confesaba y comulgaba, pasaba prestes y fiestas, mientras que a mí me mandaba los fines de semana al culto de los Testigos de Jehová, agarrando mi Biblia, mis revistas Atalaya y Despertad.
Todo esto fue decisivo para mi destino; por eso digo que no tengo nada grato que recordar de mi infancia. De lo único que le puedo agradecer a mi madre, si es que algo debo agradecerle, además de haberme dado vida, son sus caldos suculentos, que sirvieron para resistir mejor sus palizas, al frio paceño y a los demás golpes que me dio la vida.
Una vez que me puse bravo y le contesté, se puso tan furiosa que me clavó las uñas en la boxa: de eso me queda una cicatriz. Otro día que rompí un cuaderno a mi hermana, todo porque no quería comprarme útiles igual que a ella (aunque todavía no iba a la escuela), me hizo un tajo con un cuchillo en la muñeca: aquí pueden ver la cicatriz. Tantas cicatrices tengo, que prefiero ignorarlas para no amargarme. Quiero borrarlas con la indiferencia. Pero eso no es posible.
Una tarde saqué veinte pesos de la caja del mostrador (con ese dinero, se compraba cuatro botellas de cerveza) y me fui a pasear. Cuando volví a la casa, a eso de las siete de la noche, mi vieja me llevó al dormitorio y allí me una paliza que no olvidaré por el resto de mi vida.
Pienso que hice mal  en haber levantado ese dinero, pero también creo que el castigo fue exagerado. Luego de amarrarme las manos a la espalda y tumbarme en el piso, me echó alcohol de quemar y me prendió fuego. De no haber sido uno de los caseros que entró al dormitorio y la contuvo, me hubiera quemado los pies y quién sabe si hasta la conciencia.
Una vez nos regalaron un cachorrita pastor alemán que se ganó el cariño de todos. Donde hay perros, al menos hay sonrisas de niños. La bautizamos Gitana y cuando creció se convirtió en nuestra defensora. Cuando me madre se enojaba y quería pegarnos, Gitana intervenía mostrándole los dientes. Siempre que nos sentíamos amenazados mi hermana y yo, la llamábamos y la perra acudía inmediatamente. Gitana nos acompañó por más de medio año, hasta que se enfermó grave. Tuvimos que hacerla matar para que no sufriera.
También teníamos una lorita llamada Pastora. Era parlanchina y el único nombre que repetía  el d don Arturo, un cliente que venía con sus hijos a la pensión a tomar caldos de cabeza de cordero.
No se cansaba de repetir: “Arturito, trae la patita” y sólo se calmaba cuando don Arturo se le acercaba para rascarle la cabeza.
Por ese entonces, 1964, como era muy niño, no entendía lo que pasaba en política. Pero se me quedaron grabadas las imágenes que vimos el 4 de Noviembre. De la fábrica Soligno bajaban camiones y camionetas llenas de trabajadores fabriles armados de fusiles y ametralladoras. Desde mi casa escuchábamos el tiroteo y el rugido de los aviones. Después vimos cómo los mismos vehículos retornaban cargando muertos y heridos, dejando huellas de sangre en las calles. En el corredor del segundo piso, el dueño de casa y sus amigos festejaban el triunfo del golpe de Estado bebiendo cerveza y tocando música.
Mi primera escuela fue la Ismael Montes, a pocos pasos de la plaza Churubamba. Era tan pobre, como casi todas las escuelas fiscales. Los alumnos no tenían donde sentarse; para no sentarme en el suelo yo me llevé un banquito y una silla pequeña que nunca recogí. De las Ismael Montes pasé al colegio Kennedy. Una d o dos veces a la semana venía mi padre  a recogerme para llevarme a casa, en el camino me compraba llauchas, al tiempo que me preguntaba acerca de la vida que llevábamos yo y mi hermana. Era militar y muy buena gente, aún así se refrenaba para no plantarle dos tiros a mi madre por el trato que nos daba

10.16.2012

DIEZ MANDAMIENTOS PARA ESCRIBIR CON ESTILO -FRIEDRITCH NIETZSCHE-

  1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
  2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
  3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
  4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
  5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
  6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
  7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.
  8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
  9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
  10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.

10.08.2012

CARTAS A UN JOVEN NOVELISTA - MARIO VARGAS LLOSA -

  1. Sólo quien entra en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda.
  2. No hay novelistas precoces. Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción.
  3. La literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse contra el infortunio.
  4. En toda ficción, aun en la de la imaginación más libérrima, es posible rastrear un punto de partida, una semilla íntima, visceralmente ligado a una suma de vivencias de quien la fraguó. Me atrevo a sostener que no hay excepciones a esta regla y que, por lo tanto, la invención químicamente pura no existe en el dominio literario.
  5. La ficción es, por definición, una impostura -una realidad que no es y sin embargo finge serlo- y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, una creación cuyo poder de persuasión depende exclusivamente del empleo eficaz de unas técnicas de ilusionismo y prestidigitación semejantes a las de los magos de los circos o teatros.
  6. En esto consiste la autenticidad o sinceridad del novelista: en aceptar sus propios demonios y en servirlos a la medida de sus fuerzas.
  7. El novelista que no escribe sobre aquello que en su fuero recóndito lo estimula y exige, y fríamente escoge asuntos o temas de una manera racional, porque piensa que de este modo alcanzará mejor el éxito, es inauténtico y lo más probable es que, por ello, sea también un mal novelista (aunque alcance el éxito: las listas de bestsellers están llenas de muy malos novelistas).
  8. La mala novela que carece de poder de persuasión, o lo tiene muy débil, no nos convence de la verdad de la mentira que nos cuenta.
  9. La historia que cuenta una novela puede ser incoherente, pero el lenguaje que la plasma debe ser coherente para que aquella incoherencia finja exitosamente ser genuina y vivir.
  10. La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético.
  11. La literatura es puro artificio, pero la gran literatura consigue disimularlo y la mediocre lo delata.
  12. Para contar por escrito una historia, todo novelista inventa a un narrador, su representante o plenipotenciario en la ficción, él mismo una ficción, pues, como los otros personajes a los que va a contar, está hecho de palabras y sólo vive por y para esa novela.
  13. El de las novelas es un tiempo construido a partir del tiempo psicológico, no del cronológico, un tiempo subjetivo al que la artesanía del novelista da apariencia de objetividad, consiguiendo de este modo que su novela tome distancia y diferencie del mundo real.
  14. Lo importante es saber que en toda novela hay un punto de vista espacial, otro temporal y otro de nivel de realidad, y que, aunque muchas veces no sea muy notorio, los tres son esencialmente autónomos, diferentes uno de otro, y que de la manera como ellos se armonizan y combinan resulta aquella coherencia interna que es el poder de persuasión de una novela.
  15. Si un novelista, a la hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la historia que cuenta no tendría principio ni fin.

10.04.2012

COMO SER UN GRAN ESCRITOR -CHARLES BUKOWSKY-

Tienes que cojerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.

Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.

Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.

No te exijas.

Duerme hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977),
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.

Un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.

Quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.

Más el exilio, la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.

Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.

Haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.

Si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.

LLEGÓ SIN INVITACIÓN, Y LISTO


La puerta se abrió misteriosamente y le hombre tembló de miedo ante lo desconocido. Sabía que esto iba a pasar, y a pesar de que había tomado sus recaudos, el repentino sonido producido por la puerta despertó los temores que durante el día había tratado de refrenar.
Cerró los ojos para no ver la llegada de lo inevitable, pero ese intento fue inútil, y cuando más desesperaba por olvidar este encuentro, tuvo nomás que resignarse, porque la noche había llegado, y él era un impotente por no haberlo evitado.
 

9.29.2012

ACHAQUES DE LA VEJEZ

La puerta del asilo de ancianos se cerró lentamente. Sus goznes chirriaban como chanchos a medio capar. pero nadie se mosqueó, porque se podría afirmar que quienes habitaban allí ya estaban habituandos a ese metálico lamento. El viejo lanzó un suspiero conformándose a sí mismo por el abandono al que lo habían sometido.

"Esos mierdas nuevamente han hecho que yo los espere en vano", pensó mientras se sacaba el impuesto a lo que quedaba de su cigarrillo, " y al paso que van las cosas, creo que voy a tener nomás que resignarme a que nunca más vengan por aquí". Se incorporó lentamente (las fuerzas ni le daban para más), y contando las piedras del sendero fue caminando hasta la sala de estar del asilo, para hacer lo único que les permitian en ese recinto: mirar el televisor como opas.

Habia perdido lña cuenta de las semanas que sus familiares dejaron de visitarlo. La última vez que lo hicieron fue para hacerle firmar tremendo montón de papeles, con los qe (así se lo hicieron creer), estaba asegurando los dias que le quedaban por vivir. Papeles, para lo que le servían, si lo único que necesitaba era escuchar los fines de semana su nombre para que le anuncien que tenía visitas. Y las visitas eran una especie de tratamiento extra que él requeria para aguntar la rutina que estaba obligado a soportar todos los dias. Otro, en su lugar, hubiese perdido la cordura, enajenándose hasta el desequilibrio existencial. Muchos de sus compañeros ya estaban en ese estado, ya todos los consideraban chochos y extravagantes, al extremo de que a veces ni se dignaban mirarlos, o si lo hacían, tal vez era por pena, o puro aburrimiento.

Aburrimiento. ´´Esa era la palabra que reflejaba todo cuanto él sentía. Estaba aburrido de ser ya un vejete inútil, pues para lo único que servía (esto se lo repetían a cada rato), era para estorbar y meterse donde no lo llamaban. Sí, ya era un estorbo, ni sus compañeros de sala lo soportaban porque todas las noches se la pasba tose y tose, impidiendo que los demás pudiesen dormir y descansar.
 
"Para qué mierdas querrán dormir de noche estos viejos igual que yo, si todo el dia se la pasan duerme que duerme", se decía mientras la modorra se apoderaba de sus párpados, y sus ojos se clavaban en el televisor sin ver nada.
 
Mientras intentaba dormitar rememoraba los dias en que solia mentirse creyendo ser feliz y bienaventurado. Poco a poco salió de su modorra, y mirando a los demás, con una sonrisa cínica musitó quedamente: "Por mí, que se vayan todos a donde ya saben".
 
Terminó la tarde y una nueva noche cayó pesadamente sobre la ciudad, especialmente sobre el medio centenar de ancianos que, sentaditos, esperaban pacientemente que sirvan la cena en el comedor del asilo.
 
La sopa de sémola cayó como una bolsa de agua caliente en el estómago del anciano. Cuando terminó de saborear su vaso de gelatina, volvió a pensar: "Cada dia es lo mismo. Nos dan papillas, como si quisieran recordarnos que no tenemos dientes, y no tenemos derecho a decir nada, ni siquiera podemos manifestar nuestras trsitezas"
 
Un tenue dolor le recordó que había olvidado tomar los remedios que le habían prescrito, para uno de los tantos achaques que tenía, por lo que, sin que ninguna de las encargadas lo viera, se apresuró en sacar de uno de sus bolsillos un frasco pequeño, tomó entre sus dedos la gragea indicada, mientras una de sus manos sostenía el vaso vacio.
 
-¡Qué mierdas! -gritó en voz alta-. hoy mismo voy a abandonar para siempre esta porquería, y si todo sale como lo estoy pensando, por fin voy a poder dormir tranquilo, sin tener que soportar todas las noches los ronquidos de estos parásitos.
 
Nadie prestó importancia asu exabrupto. Lentamente se incorporó. Tras mandar mentalmente a la basura a todos los que estaban reunidos en la sala, caminó hasta la terraza, y una vez allá, subió la baranda de cemento, y, a manera de olvidarse de sus achaques -sin pensarlo demasiado- echó a volar, fijándose como meta el piso de abajo.
 

9.28.2012

¿UN REGALO DE LOS DIOSES? (Contra todo Prólogo)


Victor Hugo Viscarra, nacido en La Paz el 2 de enero de 1958, es autor de tres libros de relatos, un diccionario del coba y una autobiografia. O tal vez todo sea autobriografia, pues, si una palabra caracteriza su obras, es la autenticidad, de la que él está muy consciente. Y eso es lo que hace un escritor ejemplar, más allá de cualquier moda y de vanos éxitos.

Lo pueden acusar de poner en evidencia crudas realidades de la oscuridad de la noche, del margen del submundo urbano. Otros admirarán su capacidad de narrar con el lengujae directo, desprendido a un tiempo de sentimentalismos y afanes intelectualistas.

Pero nadie podrá endilgar que escribe de lo que sabe, como ocurre con cierta literatura de moda.

Quienes lo tratan verán asimismo al ser humano: su ácido sentido del humor y su agudeza, inclusive a costa de sí mismo. Es que él no tiene nada que perder: para transitar las calles y las noches no le hace falta más que lo que lleva puesto, mejor si es una chompa y una chamarra caliente donde puedan caber unos recortes de periodicos, unas hojas en blanco para garabatear, un libro, y en muchas épocas -si no grageas- una botellita. Si los papeles comienzan a pesarle, se quedarán en cualquier rincón de un boliche o junto al banco de alguna plaza. Lo que atesora no necesita espacios fisicos. Lo cual, si bien a costa de mil renunciamientos y de mucho dolor, nos lleva a destacar su práctica de libertad consigo mismo y de solidaridad con quienes se identifica.
 
Con la nariz y la espalda torcidas por antiguos golpes, de voz firme y lastimada, este señor viene pagando las consecuencias de una vida que él no ha escogido. La soledad y el alcohol, el frio y el hambre, fueron donados por los dioses de las circunstancias; la realidad de un país, de una condición social, la cual, a quienes la reproducen y manejan, hasta ahora les importa un pito.
 
 
 
Manuel Vargas

9.08.2012

¿ ZANAHORIA, HUEVO O CAFE ?


Una hija se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.
Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra.
La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre. A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los colocó en otro plato. Finalmente, coló el café y lo puso en un tercer recipiente.
Mirando a su hija le dijo: "Querida, ¿qué ves?" -"Zanahorias, huevos y café" fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.
Humildemente la hija preguntó: "¿Qué significa esto, padre?" Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido; pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café sin embargo eran únicos; después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.
"¿Cual eres tú?", le preguntó a su hija. "Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?
¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable? Poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, o un despido te has vuelto duro y rígido? Por fuera te ves igual, pero ¿eres amargado y áspero, con un espíritu y un corazón endurecido?
¿O eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviente, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor. Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas mejor y haces que las cosas a tu alrededor mejoren.
Y tú, ¿cuál de los tres eres?